Cómplices

Es dífícil para quien no vive en el Casco Antiguo de Pamplona percatarse de la degradación progresiva que está sufriendo, similar a la de otras zonas históricas de ciudades españolas. En ese proceso, muchas partes son cómplices:
La clase política, que permite, facilita y alienta -habrá que preguntarse por qué- la implantación de un modelo económico basado en una sola actividad: determinado tipo de hostelería asociado a una forma específica de entender la diversión y el turismo. En lugar de cumplir con su tarea de proteger a la ciudadanía e intentar revertir la situación, le resulta más sencillo y beneficioso aliarse con quienes causan los problemas, impulsando un tipo especial de gentrificación.
Los dueños del capital, que ven en los bares y en los pisos turísticos una forma rápida de hacer negocio, con la que sustituir opciones de inversión menos rentables en la actualidad. Es significativo el número de locales que tienen como socios a empresarios del sector inmobiliario y/o relacionados con los políticos.
También las personas que se pliegan de buena gana a esa forma de consumir y hacer uso de los espacios públicos, tolerando o incluso haciendo aquello que se negarían a aceptar donde viven diariamente. Qué sencillo y tranquilizador es pensar en el Casco Antiguo no como una zona residencial en la que viven personas iguales a las del resto de la ciudad, sino como un parque temático en el que los edificios son solo fachadas de cartón piedra y los vecinos actores de reparto.
Gracias a todos ellos el barrio deja de serlo para convertirse en un basurero, en un macroespacio para el desahogo y para acumular la porquería que el resto de la ciudad no quiere ver. Externalizar los costes, se llama.
Pero lo que más rabia me causa es el bajo nivel de las justificaciones con las que los implicados intentan esconder su egoísmo. Demasiadas veces han recurrido ya a que con la situación actual se “da vida” a las calles; a ver si se enteran de que la vida surge de diversificar la actividad comercial y económica y de contar con parques, plazas y dotaciones culturales o deportivas repartidas por el espacio público. O se inventan ese nuevo derecho a la diversión -entendida solo como ir de bar en bar, tirar mierda en la calle, gritar hasta reventar y celebrar despedidas de soltero con charangas- que parece estar por encima del respeto a las únicas víctimas de este tinglado, a las que nadie interesa escuchar, que somos las y los vecinos. A fin de cuentas, qué importamos menos de 11.000 personas en comparación con el dinero que se genera en nuestras calles. Ya nos iremos, ahora que tanto estorbamos.

Altas presiones

puertaEl sistema nos promete que podemos disfrutar de un buen tiempo permanente: seguridad económica y acceso a cualquier cosa que deseemos… consumir; nuevas oportunidades profesionales que ni tan siquiera imaginamos (¡el mundo cambia rápido!, ¡de ti depende subir al tren o morir en las vías!); una carrera laboral llena de éxitos y puestos de responsabilidad en los que aumentará nuestro salario, disfrutaremos de una privilegiada sensación de poder y de la envidia de la mayoría.

Sin embargo, hay condiciones: tenemos que hacer lo que él nos pida, convertirnos en merecedores de sus bendiciones. Consumir hasta consumirnos, gastar mientras nos desgastamos, acumular (títulos, dinero, cosas) al tiempo que nos vaciamos de vida, pelearnos (ahora se le llama competir) como fieras.

Todo para intentar reducir la sensación de provisionalidad y el temor a que el dinero en el banco no sea, alguna vez, suficiente. Pero ese miedo nunca se elimina, nunca llega la tranquilidad completa.

Y así nos convertimos en un elemento más de un modelo de crecimiento insostenible que beneficia exclusivamente a quienes están en la cúspide de la cadena alimentaria.

No siempre el influjo de las altas presiones hace lucir el sol. En nuestra sociedad actual, su calor nos quema y vuelve el aire pesado e irrespirable.

¿Hay elección? No lo sé. A pesar de ello, quiero intentar sacar adelante pequeñas ideas de las que no podré vivir, pero que me darán vida -el camino tiene sentido en sí mismo-.

A lo mejor me equivoco y soy un irresponsable que, en estos tiempos de casino global, apuesta por los peores números. O quizá el cómo importa más que el cuánto.

Criminal 1. Cobarde

criminal1Ed Brubaker y Sean Phillips, Criminal 1. Cobarde (2006-2007)

La gente del negocio sabe que Leo es un ladrón, y muy bueno además. El único problema, dicen, es que se preocupa demasiado por respetar sus propias reglas: trabaja solo, no tolera las armas ni las drogas y tiende a huir en cuanto las cosas se complican. Pero la narrativa negra nos enseñó hace tiempo que todo -las personas, la economía, la sociedad- tiene una cara oculta.

Criminal 1 respeta y actualiza con maestría los mecanismos del hardboiled; en especial, recuerda a algunos clásicos del género como La jungla de asfalto, de W. R. Burnett y las novelas de la serie Parker escritas por Donald E. Westlake. Se nota que Ed Brubaker, el guionista, creció rodeado de cine negro, mientras que su dibujante, Sean Phillips, maneja como pocos el ritmo de la narración gracias a un uso medido de los planos -qué importantes son los rostros y las miradas en esta historia- y del tamaño de las viñetas.

criminal_vol1_coward_brubaker_phillips_02La trama incluye giros argumentales, escenas de acción, diálogos con sabor añejo y un crecimiento de los personajes y sus relaciones suficientes para obligarnos a leer todo el relato de una sentada y acabar admirando a ese triste y valiente cobarde que es Leo. Además, completa su homenaje al pasado con un guiño metaliterario: la tira de prensa que leen los personajes se titula Frank Kafka, detective privado, está escrita por Jacob K. y tiene un aire al Dick Tracy de Chester Gould.

Sin embargo, más allá de los aspectos formales, el principal valor de este cómic se encuentra en el discurso oculto tras los hechos. Los elementos habituales en el género negro -ciudad, bares, corrupción, avaricia, atracción, venganza- son piezas que permiten hablar de las responsabilidades unidas al pasado (“Nadie se quita del todo”, Leo dixit), de las obligaciones que nos atan y a la vez nos mantienen vivos, de las inevitables consecuencias de la violencia. Todo con un aire de fatalismo y soledad similar al que emanaban los relatos de David Goodis (Disparen sobre el pianista), para el que la vida jamás tuvo solución… Aunque en esta historia quizá quede alguna esperanza si hacemos caso a Leo: “Nunca hagas un plan con una sola salida”. O quizá no…

Generar nuevas formas de intervención

A los profesionales de la intervención social nos viene bien salir de nosotros mismos y de nuestra práctica diaria. Así podemos tomar conciencia de las contradicciones que nos afectan, cuestionar los modelos teóricos y organizativos en los que nos insertamos y descubrir aquellos espacios en los que podemos ejercer nuestra libertad para mejorar las intervenciones.

Las ideas de quienes se dedican a la investigación desde el compromiso con el cambio son una valiosa guía en este proceso. Así, la antropóloga norteamericana Peggy R. Sanday cita a Pierre Bourdieu para apoyar su defensa de una investigación social que mantenga “el compromiso ético con asuntos sociales críticos” (Un modelo para la etnografía de interés público, 2013):

La verdadera libertad que ofrece la sociología es darnos una pequeña oportunidad de conocer el juego al que jugamos y de minimizar los modos como somos manipulados por las fuerzas de campo en que nos desenvolvemos, así como por las fuerzas sociales incorporadas que operan desde dentro de nosotros.

P. Bourdieu y L. Wacquant, Una invitación a la sociología reflexiva (1992)

Otra antropóloga, Ariadna Ayala, es un buen ejemplo de la utilidad de la reflexión dirigida a “trabajar en favor de públicos particulares e ideales universales” y que contribuye al cambio social (Sanday, 2013). Es posible acceder a varios artículos que recogen los resultados de su trabajo etnográfico con población gitana y con el sistema socio-sanitario, formado por ong y servicios públicos, en la Comunidad de Madrid.

En ellos muestra las estrategias para la construcción de relatos de auto-presentación que facilitan el acceso a prestaciones económicas, la descripción que profesionales y usuarios hacen unos de otros y las consecuencias de los estilos de relación que establecen, o la modificación de las auto-representaciones de las mujeres gitanas a partir de la asunción de los discursos promovidos por las instituciones. La mayor parte de sus conclusiones son extrapolables más allá de este colectivo.

Ayala nos invita a los profesionales de los servicios sociales a mirar desde fuera nuestra forma de actuar y las consecuencias, tanto positivas como negativas, de las estructuras que nos integran y que reproducimos en la práctica diaria. En concreto, realiza un sano cuestionamiento de los modelos teóricos sobre la exclusión en los que suele basarse el diseño de los servicios, muestra la ausencia o indefinición de herramientas de intervención más allá de lo burocrático y nos ayuda a reconocer los conflictos que no somos capaces de resolver y que, incluso, generan las políticas sociales vigentes.

Creo que un buen punto de inicio para mejorar esta situación se encuentra en las propuestas de Esperanza Molleda, trabajadora social y psicoterapeuta, muy consciente también de las contradicciones y límites de los servicios sociales actuales. Por ejemplo, al diferenciar tres niveles de lectura -literal, de contenidos explícitos y de contenidos relacionales- en las demandas que los usuarios realizan, supera las interpretaciones que dan lugar a una respuesta mecánica (ante la petición de ayuda se tramita exclusivamente una prestación económica o un apoyo técnico) e invita a construir discursos que no estén tan viciados por las lógicas del merecimiento, donde quien solicita asistencia debe esforzarse por demostrar que es “sujeto legítimo de ser ayudado” (A. Ayala, Secretos a voces: exclusión sociales y estrategias profesionales…, 2009).

“De esta manera, la complejidad de la demanda y de la escucha se multiplica” (E. Molleda, La intervención social a partir de una demanda económica en Servicios Sociales Generales, 1999) y el profesional puede realizar una valoración múltiple -institucional y profesional, social, sistémica-familiar e individual-intrapsíquica- que orientará la intervención e individualizará las actuaciones.

La renta básica no es el problema

Los interrogantes con los que iniciamos el análisis de cualquier realidad social abren caminos para encontrar respuestas, pero al mismo tiempo ocultan otras posibilidades. Las preguntas que elegimos amplían y limitan, dan y quitan mientras orientan nuestra búsqueda de soluciones.
El punto de vista que asumimos, el paisaje que somos capaces de incluir en la foto de partida, determinará también en qué territorios encontraremos la meta. Por eso, aunque hay problemas para los que conviene utilizar un gran angular y otros que requieren el zum más detallado, conviene mirar de vez en cuando por encima de la cámara para asegurarnos de no perder la perspectiva complementaria.

La forma en que algunos discursos públicos se refieren a la renta básica -ahora en Navarra, renta de inclusión social- es un ejemplo claro de cómo fijar la atención en lo accesorio, siguiendo las premisas de determinadas ideologías, impide descubrir las cuestiones realmente importantes.

Al advertir del cada vez mayor coste que implica, se ignora que supondrá solo un 2’1 % del presupuesto general para 2015 en Navarra (el 1’4 % en 2014, cuando las condiciones de concesión eran más restrictivas). Es un gasto significativo, pero también la única o principal fuente de ingresos estables para muchas personas y familias (el 4’2 % de la población en 2014), que facilita su subsistencia en épocas en las que necesitan más apoyo. Además, está asegurado el retorno de ese dinero a la economía foral, ya que en su mayor parte se invierte en la compra de bienes y servicios básicos (alimentación, vestido, equipamiento de la vivienda, pago de suministros). Creo que es difícil encontrar partidas que afecten más directamente al bienestar de la población.

Quien alega que desincentiva la búsqueda de empleo y de formación olvida cómo el trabajo pierde cada vez más peso como factor de inclusión y que la inestabilidad laboral, con sucesivas entradas y salidas del mercado, se convierte progresivamente en la norma para gran parte de la población; además, cada vez es más habitual el perfil del trabajador pobre en nuestro entorno (el 12’3 % en España en 2014). El empleo estable no es por sí mismo la solución para las dificultades de integración, ni una meta que pueda alcanzar gran parte de la población de nuestra sociedad posindustrial. También es discutible el mantra que señala a la formación y, más recientemente, al emprendimiento como soluciones mágicas para cualquier persona en desempleo (culpabilizándolas de nuevo: “si no trabajas, es que no te has esforzado en formarte; si tu negocio no triunfa, es porque no sabes hacer las cosas bien… Así que, ¿quién va a querer contratarte?”).

Debemos preguntarnos si lo que percibimos en algunas personas (advirtiendo, además, que los discursos en contra de la renta básica toman la parte por el todo) como falta de motivación no es el resultado de la carencia de apoyos y oportunidades, de desigualdades vividas desde el nacimiento o de la ansiedad ante la continua incertidumbre que genera un modelo económico cada día más exclusor, que acaban asentando sentimientos de indefensión y generan procesos de toma de decisiones basados únicamente en el corto plazo.

Cuando escucho a profesionales de la intervención social defender los argumentos en contra de la renta básica, pienso que sería bueno buscar parte de la responsabilidad en nosotros mismos. Quizá no tenemos la habilidad suficiente para facilitar cambios en algunas de las personas con las que intervenimos. Tal vez las estructuras y servicios, demasiado rígidos o limitados, no se adaptan a sus necesidades. Puede que planteemos objetivos inalcanzables porque se nos presiona para encajar a todos los usuarios en el molde de la norma social (y cuando se fuerza demasiado a alguien, sin tener en cuenta quién y como es, lo normal es que se resista o se enfrente). A lo mejor hemos contribuido a generar un sistema en el que atendemos con más o menos rapidez demandas económicas pero no damos la misma respuesta a las necesidades personales y emocionales de quienes piden ayuda; por tanto, les hemos enseñado a demandar dinero o prestaciones tangibles de la forma más efectiva posible, pero sin dar ningún motivo para que compartan sus dificultades reales con nosotros o acepten participar en un proceso de acompañamiento profesional que implique cambios vitales.

Porque este es el verdadero problema: no hay demasiada renta básica, sino pocos recursos de apoyo personal que la complementen y alternativas, adaptadas en intensidad y estrategias a las muy distintas realidades de las personas atendidas, que les permitan (re)encontrar un espacio de participación social propio. Y sería bueno que en su diseño se tuviera en cuenta que quienes más dificultades tienen son quienes necesitan más tiempo y recursos de mayor calidad.

Otro argumento muy escuchado es: ¿y el fraude? ¿Acaso no hay perceptores de renta básica que engañan? Sí, claro; pero su existencia, como en el resto de prestaciones y estructuras sociales -sanidad, vivienda pública, contratos, etc.- no es un motivo para deslegitimarla, sino para actuar en dos vías: establecimiento de controles y, nuevamente, búsqueda de alternativas de apoyo para las personas afectadas.

Por último, sería bueno recordar con frecuencia el beneficio que para toda la sociedad supone contribuir a apoyar a las personas con más dificultades. La solidaridad y la confianza generan solidaridad y confianza; disponer de estructuras que defienden la ética del apoyo mutuo configura una convivencia más positiva para cualquier de sus miembros.

Las cosas que pensamos y no decimos

Cameron Crowe, el guionista y director de Jerry Maguire, escribió el informe completo que el personaje principal de la película, un asesor de deportistas, redacta y comparte con todos los empleados de la empresa donde trabaja.
El texto, titulado The things we think and do not say, es muy interesante, o al menos me lo parece en este momento de mi vida profesional; algo tendrá que ver escuchar hace meses cómo mi jefa me reprochaba no poderme “callar al final la puta boca [sic] cuando no estás de acuerdo con algo”. La traducción de los siguientes fragmentos es bastante libre, pero mantiene el sentido original:

¿Cómo podemos hacer algo sorprendente e inolvidable con nuestras vidas? ¿Cómo podemos lograr, a través de cosas pequeñas pero significativas, que este trabajo represente mejor lo que somos? (…) Se trata de algo más importante que nuestro trabajo; se trata de nosotros.

Propongo que volvamos a crear lo que somos. Ahora estamos en lo más alto. Tradicionalmente, la gente hace una cosa cuando ha logrado el éxito: intenta con todas sus fuerzas repetir lo que le llevó a ese punto. Su camino personal y su inspiración original (lo que estaba en el corazón de todo eso) se han perdido mientras intentaban que la máquina de hacer dinero siguiera funcionando sin problemas, escupiendo una fortuna en billetes verdes nuevos (…) Al intentar repetir el ciclo, olvidan el brillo original de la pasión que les llevó hasta ahí.
Históricamente, nadie con éxito se detiene a pensar que puede caer, como hicieron tantos otros. El ciclo completo del éxito destruye precisamente aquello que lo produjo: pone persianas en las ventanas que dan a la realidad. Nos hace olvidar que el dinero procede de algo puro, del deseo de hacer el bien y contribuir a que la vida mejore, no solo del interés por hacer las cosas de manera correcta para lograr la seguridad económica.

La respuesta es menos clientes. Menos baile. Más verdad. Hay que abrir el puño cerrado del mercado y girar un poco la mano hacia un bien mayor (…) Al final, más pequeño se convertirá en más grande en todos los sentidos, y en especial en nuestros corazones.
Olvídate del baile.
Céntrate.
Conoce a esas personas. Lo que son es la base de tu trabajo. Eso es lo que importa (…) La gente siempre responde mejor a la atención personal; esa es la verdad más simple y a la vez más fácil de olvidar.

Seamos honestos con nosotros mismos.
Seamos honestos con ellos.

Por las noches, es fácil olvidar el compromiso social. De repente, el deseo de sobrevivir oscurece nuestra búsqueda de maneras de devolver a la comunidad lo que nos ha dado.

Ese cosquilleo, la vocecilla interior, es siempre la voz de lo correcto. El ruido y el caos de nuestras vidas determinan lo que somos capaces de escuchar.

Quizá pueda parecer un discurso cándido, o utópico, o incluso falso procediendo de la gran industria del entretenimiento, una muestra más del buenismo facilón e incoherente que tanto éxito tiene entre los consumidores. Sin embargo, más allá del argumentum ad hominem, algo tiene… aunque no sea fácil llevarlo a la práctica:

Cazador de sonrisas

Agustín Ferrer, Cazador de sonrisas (2014)

Tengo la suerte de haber sido invitado a participar en una de las presentaciones del cómic más reciente de A. Ferrer, Cazador de sonrisas.
Será el sábado 8 de noviembre, a las siete de la tarde, en Mos Eisley Comics (C/ San Antón, 71, Pamplona). Tras su lectura, se me ocurren cinco buenas razones para animar a comprarlo y disfrutar (mucho) con él:

1. La obra conecta hábilmente con elementos de nuestro imaginario cultural. No hay mejor representación del lado más amable del American way of life que una soleada ciudad de la costa oeste norteamericana en los años 60; gracias al cine, nos resultan familiares el instituto, las barbacoas en el jardín, los coches, el cine de verano, la base militar, el paseo marítimo o los vestidos y peinados de las mujeres… aunque, por supuesto, no estuviésemos ahí hace más de medio siglo.
Por otra parte, cuando el dentista introduce con despreocupación extraños y ruidosos objetos en nuestra boca y no parece demasiado atento al dolor que tememos sufrir, ¿quién no ha pensado que ese tipo se pone mascarilla para que no veamos cómo sonríe?

2. La estructura del cómic, con un hábil manejo de los saltos temporales y de la duración de las escenas, consigue el ritmo de los thrillers clásicos que, mientras presentan un hecho criminal, van incrementando la tensión para captar el interés y emocionar al espectador/lector.
Ferrer utiliza con eficacia el tono de los fondos de las páginas (las calles o gutters entre las viñetas) para marcar las transiciones de la historia. También es destacable el esfuerzo de ambientación política, de vestuario y localizaciones (con sorpresa incluida), que nos ayuda a sumergirnos en el relato.

3. Se trata de una historia negra capaz de despertar la sonrisa gracias al humor irónico e inteligente de los personajes. A pesar de esa oscuridad, las acuarelas y los diálogos están llenos de colores, luz y belleza, de páginas y detalles en los que detener la vista. Diversión de calidad.

4. El personaje principal presenta muchos matices y aparentes contradicciones (¿y quién no las tiene?) en los distintos papeles que desempeña: un amante esposo aficionado a, ejem, la fotografía y las cuerdas; un ciudadano incapaz de sentir empatía y que al mismo tiempo parece preocuparse por quienes le rodean; un dentista atento con los pacientes que sobrepasa de vez en cuando los límites. Todos esos cambios se reflejan en su mirada y su boca, que a veces muestra una sonrisa amable y otras se tensa, enseñando amenazante los dientes.

5. La ilusión y cuidado que la gente de Grafito Editorial y el autor han puesto en esta obra merece que le prestemos atención y que colaboremos para apoyar el crecimiento de sus proyectos. Así que… ¡compradlo! ¡Y os quiero ver en la presentación!

Corporativismo y trabajo social

Corporativismo: En un grupo o sector profesional, actitud de defensa a ultranza de la solidaridad interna y de los intereses de cuerpo.

Hace siete u ocho años escuché a una histórica profesora madrileña de trabajo social afirmar en la Universidad Pública de Navarra que algunas cosas solo saben y pueden hacerlas los trabajadores sociales. Al parecer, no creía necesario completar o justificar esa afirmación, que los oyentes debíamos aceptar como una verdad revelada. Por eso, le pregunté qué era, en concreto, aquello que únicamente nosotros estábamos capacitados para realizar. Tras unos segundos de silencio, afirmó con rotundidad -y pareció decirlo así, con mayúsculas y en negrita-: “el INFORME SOCIAL, que es la herramienta exclusiva de los trabajadores sociales”. Ahí quedó la cosa: sin más ejemplos, explicaciones ni argumentos. No sé si lo más sorprendente fue la respuesta o la aparente conformidad del auditorio.

Recordé hace poco esta escena, al escuchar a la docente de un curso organizado por el Colegio Oficial de Diplomadas/os en Trabajo Social y AASS de Navarra, que por lo demás había demostrado muy buen criterio e inteligencia, ridiculizar a los educadores sociales -también, qué curioso, sin más pruebas que el chiste fácil- y asegurar que no eran capaces de tener una visión global sobre la situación de las personas con las que trabajan porque no tenían “ni puñetera idea” [sic] de cómo calcular ingresos económicos o de la legislación relacionada. Y los asistentes, tan contentos.

Preocupante. Por la falta de argumentos, por minusvalorar a profesionales con los que deberíamos colaborar cada día, por cerrar los ojos a la realidad de la intervención social. Lo observado y experimentado vale más que los dogmas; mi posición está basada en doce años de trabajo junto a -no por encima de- muchas y muchos educadores sociales que no dependen de nadie -aunque escuchen y colaboren con otros- para plantear objetivos y desarrollar intervenciones globales, además de elaborar diagnósticos e informes tan bien como sus compañeros trabajadores sociales.

¿De dónde surge este interés por limitar las atribuciones de otras figuras profesionales? ¿Qué persigue esta estrategia? Creo que la respuesta es clara -y reconocida cuando se habla en pequeños grupos-: los trabajadores sociales tenemos miedo a perder espacios y competencias laborales. Preferimos, en vez de preguntarnos cómo mejorar y demostrar nuestra valía, centrar los esfuerzos en lograr que la legislación asegure puestos para personas que hayan estudiado Trabajo Social, copar las coordinaciones de los servicios, tener la última palabra en cualquier decisión y que solo nosotros podamos firmar un informe, aunque lo haya redactado una compañera que, por supuesto, debe cobrar menos. Lo más grave es que este egoísmo nos impide crecer aprendiendo de los demás y compartiendo lo que sabemos. Parece que hemos aceptado interpretar nuestro mundo laboral como una jerarquía en la que los psicólogos están por encima de los trabajadores sociales y estos por encima de los educadores, como si fuese un consuelo tener a alguien “por debajo”.

Deberíamos ser más valientes y reconocer que no tenemos un cuerpo de conocimiento específico, sino que nos construimos a partir de los aportes de otras disciplinas, y que en la intervención social pueden -y es bueno que lo hagan- participar muchos perfiles profesionales. Más importante que mirar y comparar títulos es preguntamos qué sabemos hacer mejor cada uno de nosotros. Un buen ejemplo de esta forma de trabajar fue el proceso de elaboración, dinamizado por la Red Navarra de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social durante 2012, del texto El acompañamiento como método de intervención en los procesos de exclusión, en el que profesionales de entidades y servicios sociales con distintas titulaciones compartieron sus experiencias sin que se establecieran distinciones en el nivel de participación.

Por nuestro propio bien, centrémonos en sustituir la tendencia a gestionar servicios, tramitar prestaciones y permanecer en el despacho por el deseo de hablar con las personas en sus espacios -la calle, sus casas- y tiempos. En el XI Congreso Estatal de Trabajo Social (Zaragoza, 2009), otra figura del trabajo social español de las últimas décadas se lamentaba porque una brillante alumna había comenzado a trabajar con jóvenes… y tenía que estar en la calle hasta las diez de la noche. ¡Quizá esperaba hacerlo tras una mesa y solo por las mañanas! Luchemos por disponer de tiempos adecuados para el diálogo y la intervención con las personas con las que trabajamos; hay servicios sociales de base que tienen estipulados quince minutos para cada cita y apenas pueden ver a sus usuarios cada dos o tres meses, debido al volumen de expedientes asignados.

Y, por último, abandonemos la preocupación por construir un estatus basado en la supuesta inferioridad profesional de otras titulaciones y retomemos el compromiso ético por “el cambio y el desarrollo social, la cohesión social y el fortalecimiento y la liberación de las personas”, como señala la nueva definición global del Trabajo Social. Sobre todo, dejémonos de estupideces corporativas, por favor.

Babbitt

Sinclair Lewis, Babbitt (1922)

Cuando un lector se acerca a esta novela sin referencias previas sobre el autor y la temática de su obra, piensa que se relacionará con ella de la misma forma que con tantas otras: podrá elegir entre distanciarse y utilizar lo que cuenta como un entretenimiento más o implicarse en el relato y reflexionar así sobre su propia experiencia del mundo.
Los primeros capítulos, donde el autor parece invitar a mofarse del protagonista, confirman esta expectativa. Babbitt no es demasiado inteligente, ha fracasado en su vida familiar y nos disgusta que su única respuesta a una vida anodina sea repetir cada noche fantasías adolescentes.

Hacía años que el hada acudía a él. Donde los demás solo veían a George Babbitt, ella percibía al joven apuesto (…) Su esposa y sus vociferantes amigos intentaban seguirle, pero él escapaba, la joven volaba a su lado y se acurrucaban los dos en una umbrosa ladera. ¡Era tan esbelta, tan blanca, tan apasionada!

Sin embargo, mientras avanza la narración, descubrimos nuevos matices en un personaje descrito al principio como alguien que

(…) no hacía nada en particular (…) pero era ducho en el oficio de vender casas por más de lo que la gente podía pagar.

Vemos que es capaz de establecer una relación siempre auténtica -y, por tanto, muchas veces incómoda- con al menos una persona, su amigo de la época universitaria Paul Riesling, e intermitentemente con su hijo, un joven lleno de energía pero poco brillante. A pesar de no ser un santo, pone límite a su participación en algunos tejemanejes del sector inmobiliario, lo que le obliga a enfrentarse con un poderoso suegro, la prensa y los políticos corruptos. Reúne el valor necesario para reconocer la sociedad de cartón piedra en la que vive, la falsedad, egoísmo y complacencia de quienes forman su círculo; a la vez, es suficientemente inteligente (y cobarde) como para aprovecharse de ello y ascender en esa misma escala social, cimentada en una vida sin sentido.

Tenía conciencia de la vida, y se sentía un poco triste. Sin ningún Vergil Gunch ante el que adoptar una expresión de resuelto optimismo, veía, y medio admitía ver, su modo de vida como algo increíblemente maquinal. Trabajo maquinal: una venta apresurada de casas mal construidas. Religión maquinal: una iglesia dura y seca, separada de la vida real de las calles, tan inhumanamente respetable como una chistera. Golf y banquetes y conversaciones y bridge maquinales. Y exceptuando a Paul Riesling, amistad maquinal: palmadas en la espalda y chistes, sin atreverse nunca a ensayar la prueba del silencio.

Babbitt, en definitiva, se nos muestra como un hombre lleno de contradicciones, lo que convierte el retrato cartoon del inicio en una descripción llena de matices.
Y, mientras avanzamos en la lectura, tenemos que asumir que el marco del relato, presentado de forma descarnada, con un humor doloroso, se parece de manera inquietante a nuestro mundo actual. Zenith, una urbe ficticia del Medio Oeste americano, es como las ciudades en las que vivimos, donde

La extraordinaria, creciente y sensata estandarización de tiendas, oficinas, calles, hoteles, atuendo y periódicos (…) demuestra lo firme y perdurable que es esta civilización nuestra.

Nuestros medios de comunicación se asemejan cada vez más al Evening Advocate, el diario local al servicio de los poderes económicos, lleno de artículos pagados y noticias entretenidas (el infotainment) que ocultan la realidad. La actual fascinación por el último smartphone equivale al que muestran los personajes por el encendedor de lujo que Babbitt ha comprado para su coche. Y tantos otros ejemplos de un modelo que beneficia a unos pocos:

(…) la vieja Galop cuenta con la mayor proporción de ciudadanos propietarios de sus casas de todo el estado; y cuando la gente es propietaria de su casa, no anda organizando conflictos laborales y se dedica a cuidar de sus hijos en vez de dedicarse a armar jaleo.

Todos estaban de acuerdo en que había que mantener en su sitio a las clases trabajadoras; y todos consideraban que la Democracia Americana no implicaba ninguna igualdad en la riqueza, pero exigía una saludable afinidad en el pensamiento, el atuendo, la pintura, la moral y el vocabulario.

Así, ya está todo preparado para propinar un golpe al lector actual. Si reconocemos claramente que los males de la sociedad del relato son los mismos que padecemos noventa años después, que ese sueño del progreso permanente que glorifica a los objetos de consumo -tantos veces citados en mayúscula en el relato, como dioses o tótems- no ha cambiado… ¿no debemos preguntarnos también si nos parecemos a Babbitt más de lo que estamos dispuestos a asumir?  ¿Sabemos lo que realmente necesitamos y queremos?

Él, que tanta fe en la vida había tenido de muchacho, no sentía ya gran interés por las posibles e improbables aventuras de cada nuevo día.

¿Qué deseaba él? ¿Riqueza? ¿Posición social? ¿Viajar? ¿Sirvientes? Sí, pero solo como algo secundario.
“Me rindo”, se dijo con un suspiro.

¿Hay salida, una solución? El autor cree que no para este hombre de casi cincuenta años, que durante la novela tantea alternativas para

(…) tener la sensación de haber encontrado algo en la vida y haber roto con todo lo que era normal y decente, una ruptura aterradora y emocionante.

En realidad, escapatorias falsas que le hacen volver al punto de partida: huye hacia una supuesta vida idílica en la naturaleza, engaña a su esposa con mujeres más jóvenes que ni le quieren ni le desean, vive de noche en una fiesta permanente con un antipático grupo de esnobs e, incluso, inicia una tímida defensa de los obreros, rápidamente cercenada por la presión social.
Solamente habrá una oportunidad para el hijo, que aún no está atado a una esposa, una familia, una casa y una fuente estable de ingresos que le han dado a George Babbitt tanto como lo que le han quitado:

(…) yo casi nunca he hecho una sola cosa en toda mi vida que quisiera en realidad hacer. No sé si he logrado algo más que ir tirando. Creo que he conseguido una mínima parte de lo que parecía posible (…) Pero siento una especie de hormigueo de placer al pensar que sabías lo que querías y lo has hecho. Mira, esa gente de ahí fuera intentará adoquinarte y hundirte. ¡Mándalos al infierno! Yo te respaldo (…) No te preocupes por la familia. No, ni por todo Zenith… ¡Sigue adelante, muchacho! ¡El mundo es tuyo!

Oportunidad que no supo encontrar Sinclair Lewis, que murió alcohólico en Roma, olvidado por una sociedad incómoda ante el espejo que este premio Nobel se atrevió a ponerle delante.

Me recuerda a…
Otra novela con agudos retratos de sus personajes, que sirven como reflejo de los males de la estructura social del siglo XX. La colmena (1951), de Camilo José Cela.

El rojo emblema del valor

Stephen Crane, El rojo emblema del valor (1895)

Llamar a las cosas por su nombre. Mostrar que el “valor del héroe” en una guerra es, casi siempre, solo deseo de venganza, violencia animal, desesperación, adrenalina, presión de grupo o episodio de locura… Y en otras ocasiones, impostura y relato inventado.
Aceptar que el patriotismo se diluye entre el humo, la confusión y el miedo. Atreverse a mirar cuando la defensa de los más elevados ideales políticos se desnuda y aparece como el anhelo egoísta y pueril de ser admirado, impulso del que se aprovechan quienes nunca arriesgarán su vida y su futuro.
Todo eso hizo S. Crane, un joven escritor que eliminó las referencias al momento histórico -la Guerra de Secesión- y a las batallas -seguramente, Chancellorsville y Wilderness- en las que intentan sobrevivir unos protagonistas casi anónimos.
Debía hacerlo así para que el relato no corriese el peligro de transformarse únicamente en una reflexión sobre la Guerra Civil estadounidense; para desligarlo, treinta años después, del debate sobre la legitimidad de los motivos de uno y otro bando. Para recordarnos sin distracciones que, en la guerra, las personas importan tanto como las cabezas de ganado -son herramientas de muerte, o parapetos frente a las balas-; hipócritamente, recordamos y veneramos sus nombres una vez desaparecidos, cuando ya han cumplido la función que la (i)lógica política les asignaba.
Novela que retrata de forma magnífica cómo un adolescente pelea consigo mismo para resolver su trágica disonancia cognitiva -soy un soldado valiente, pero huyo-. Retrato amargo de la crudeza y sinsentido de la guerra -la batalla de Wilderness finalizó sin vencedores, simplemente cuando ambos bandos dejaron de pelear tras miles de muertes-. Todo esto es El rojo emblema del valor -insignia (badge en el título original) que es una mentira más-, una lectura imprescindible como vacuna contra la sinrazón.
Me recuerda a…
Muchos cómics que reflejan sin tapujos la inutilidad y salvajismo de la guerra. Por ejemplo, La guerra de las trincheras (1914-1918) y ¡Puta guerra! (1914-1919), de Jacques Tardi, u Operación muerte, de Shigeru Mizuki.